En un pequeño y remoto pueblo de montaña un día de escuela una maestra suplente contó a sus alumnos un cuento sobre un gigante llamado Gulliver. Justo ese mismo día en el acantilado las nubes empezaron a tomar formas extrañas hasta convertirse en algo que se parecía mucho a una giganta. En un principio la forma era algo difusa y se confundía facilmente con las nieblas matinales que se formaban debajo de la cumbre. Pero poco a poco, avanzado el invierno la imagen iba concretándose en una mujer de tez blanca como la nieve y edad indefinida.
!Gullivera!- gritaron los niños cuando la vieron por primera vez desde el borde del precipicio…
Con el tiempo los lugareños se acostumbraron a ver aparecer a Gullivera todos los inviernos e iban a pedirle cosas o a que les aconsejase en los problemas de la vida.
Era mas grande que la iglesia y el granero juntos. Hubo momentos en los que apareció enorme, más alta hasta incluso que la cumbre de la montaña. A veces parecía de nube, y otros días parecía de nieve prensada que reflejaba los rayos polares del sol. Sin embargo no daba miedo. No había severidad alguna en su semblante. Era como si su mirada disolviera cualquier duda.

La imagen es un fragmento del cuadro de Marta en el taller de “Gullivera”

LA VISITA DEL RENCOR

Un verano abrasador cuando no estaba Gullivera, vino otra giganta a preguntar por ella. Tenía la cara negra y vacía. Sus ojos brillaban en la oscuridad de su rostro siniestro. Iba recubierta a modo de capa. de un manto traslucido de escarcha blanco y azul. Tenía dos pequeños cuernos negros que se retorcían hacia el centro de la cabeza a modo de tocado. Pidió hablar con el sabio del pueblo. No parecía traer buenas noticias! El cuadro es de Joaquín Ramón.

Pedí a Santi que escribiera algo para Gullivera y me mandó este texto

“La Giganta”
Nadie le da las gracias porque nadie sabe que existe, porque nadie puede verla, pero la Giganta se siente igualmente satisfecha y tiernamente agradecida.
Nadie le da las gracias porque hace cosas que nadie sabe que hace, pero ella se siente recompensada con cada alivio que proporciona, con cada sonrisa que arranca, con cada niño que deja de llorar.
Nadie le da las gracias, pero ella no cesa en su labor.
Que no te engañen: no es el viento quien hace que aparezcan amapolas a pie de carretera o que broten hierbajos de entre las baldosas. No es fruto de la casualidad ni de la naturaleza que surja un oasis en medio del desierto, justo cuando más lo necesitas.

El cuadro es de Bego, para Gullivera

No es obra del azar, no es cosa del aire que se mueva ese columpio que ocupa aquel niño que pasa las tardes solito en el parque.
No es una cuestión astronómica que La Luna te acompañe en esos tristes trayectos nocturnos, con la cabecita apoyada en la ventanilla, mientras la luz del satélite alivia tu pena. No es magia, es la Giganta, quien con sus dedos enormes y llenos de amor, la va desplazando para ti.
No es casualidad ni fruto del agotamiento que tu bebé deje de llorar en mitad de la noche. Es la nana invisible y muda de la Giganta la que lo arrulla.
La Giganta es muy feliz así, aportando su pequeño y gigante granito de arena; logrando que las cosas vayan un poquito mejor con su humilde y silenciosa colaboración.
Cada noche le gusta tumbarse al raso y contemplar el firmamento y deslizar una estrella cualquiera para que en cualquier lugar del planeta alguien pueda pedir su deseo. Cuando se tumba en la yerba se puede sentir un ligero temblor que ningún sismólogo podría predecir.
La Giganta repasa su día y se siente afortunada al poder recibir todos esos besos que lanzamos al viento, esas cartas que no nos atrevemos a meter en ningún buzón, esos mensajes de amor encerrados en una botella que nunca llegarán, que nunca saldrán de ella.
La Giganta es feliz enjugando esas lágrimas que lloramos a solas, escuchando la sonora carcajada de aquel que se ríe por algo que solo pasó en su cabeza, por ese chiste que jamás se atrevió a contar.”